miércoles, 8 de octubre de 2014

Las tres bodas de Manolita.... y la alegría como forma de resitencia.

Sin embargo, con el tiempo comprendí que la alegría era un arma superior al odio, las sonrisas más útiles, más feroces que los gestos de rabia y desaliento.
Para las mujeres de Cuelgamuros la felicidad era una consigna, el grito mudo que recordaba a los de abajo, día tras día, que su victoria no había sido bastante para acabar con nosotras, que preferíamos vivir en los márgenes, en casas sin agua y sin luz, edificadas con nuestras propias manos, a habitar en el centro que habían levantado sobre nuestra ruina.
(página 653 - 654)(1).

En estos Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes se propone contar en seis novelas los primeros 25 años de dictadura franquista. Considera que 1964 supone ya un cambio en el devenir del régimen, pues la llegada del turismo y la salida a Europa de tantos españoles en busca de trabajo fueron poco a poco cambiando de manera definitiva esa sociedad española que creció durante la guerra y la posguerra , aunque no lograra el cambio político, pues a la dictadura del general Franco aún le quedaban once años de vida, los mismos que a su titular.
Las tres bodas de Manolita, la tercera entrega de la serie, se desarrolla en los años 40, años de hierro, de una represión brutal, de cárceles y torturas y fusilamientos, de una completa humillación de los vencidos, una España de curas y militares, completamente aislada...
Sin embargo, a pesar de ese panorama, en la década de los 40 la esperanza aún es posible: la guerra mundial poco a pocos se inclina a favor de los aliados, y la derrota del eje, desde la batalla de Stalingrado parece cada vez más una cuestión de tiempo; los aliados de Franco están siendo vencidos, y desde el exilio interior y exterior  se confía en que una vez caiga Berlín y París sea liberada, los aliados cruzarán los Pirineos para echar al dictador español del poder y restaurar la II República; la falta de apoyo de las democracias europeas durante la Guerra Civil al régimen republicano merecía ser resarcido y la intervención se consideraba segura. Desgraciadamente no fue así.
Nada de esto sucedió... Nadie cruzó la cordillera pirenaica para echar a ese "... militar gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador..." y terminar con "...su régimen de mierda" en palabras de Javier Cercas (2). Y lo peor es que llegó la década siguiente, los años 50, y "... el dinosaurio todavía estaba allí" (3). La dictadura se adaptó a los tiempos, ocupó su lugar en el contexto de la guerra fría, firmó los acuerdos con EEUU y con el Vaticano, y poco a poco se suavizó el aislamiento... Quizás esta década, para la oposición al régimen, fuera la de mayor desesperanza, la de mayor desazón, pues habría de sentir la dictadura como un régimen consolidado, blindado, con futuro.
El mundo que rodea a Manolita es el de la inmediata posguerra, el descrito más arriba, y que en las páginas de la novela queda perfectamente reflejado. Y sin embargo, a pesar de todo, se percibe cierta alegría en la manera de afrontar la realidad, alegría que Almudena Grandes ha querido explicitar, una alegría que, tal y como refleja la cita que abre esta entrada, era una forma de lucha, la única forma de lucha que cabía en una realidad de plomo. La autora insiste en la idea de que no ha querido escribir una historia de derrota y hundimiento, a pesar de la miseria moral que lo empapa todo: a pesar del cura de Porlier (en Madrid había algo más de 30 cárceles en los primeros años cuarenta, llenas de presos políticos) que seguramente logró una pingüe fortuna "casando presos"; a pesar de los niños
esclavos del franquismo; a pesar de las miles de ejecuciones en las paredes de los cementerios, en alguna ocasión con el reo atado a una silla porque en la sesión de tortura que precedía a la ejecución a alguien se le había ido la mano, le había roto la espalda al detenido, y éste no podía estar de pie ante el pelotón de fusilamiento; a pesar del hambre, que llevaba a Manolita a enseñarle las tetas al hijo del panadero, que además era imbécil, y de esa manera conseguir el pan que no podía comprar para sus hermanos; a pesar de los chivatos traidores como el Orejas...
Almudena Grandes ha querido escribir la historia de unas personas que a pesar de todo y de todos, hicieron lo posible (y un poco más) por sobrevivir y ser felices...  Antonio de Hoyos y Vinent y la Palmera, hijo del marqués de Hoyos y anarquista el primero, que terminó sus días en Porlier y bailaor y palmero en un cuadro flamenco el segundo, que logró sobrevivir, ambos homosexuales y resistentes  hasta el final; Antonio el Guapo, Toñito, hermano de Manolita, miembro de las JUS que hizo la guerra, al igual que su padre, y que tras la derrota se mantiene durante años en la clandestinidad al amparo del cuadro flamenco que lidera su pareja Eladia Torres Martínez, desde donde intenta reconstruir la resistencia al régimen; Martina, de la cola de Porlier, novia de Tasio y madrina de las dos primeras bodas de Manolita, que lucha por mantener su relación; Isabel y Pilarín, las hermanas de Manolita que terminan en el internado de Bilbao, la primera con las manos destrozadas por la sosa que usan para lavar la ropa, cosa que decide soportar por la educación que sí está recibiendo su hermana; y la propia Manolita, que sin quererlo nunca, se vio colaborando con la resistencia al franquismo por causa de unas multicopistas que nunca llegaron a imprimir un pasquín, pero que le permitieron conocer a su Silverio el Manitas, con el que se casó dos veces en Porlier, vivió con él en una chabola en Cuelgamuros y se casó una tercera ante un juez cuando la dictadura había terminado... Ninguno de todos estos personajes, unos reales y otros literarios se rindió.
Pero además de la vida de los personajes, hay espacios para la alegría. En los espacios más duros, en la cárcel de Porlier, en Cuelgamuros trabajando en el mausoleo de los Caídos, incluso en el internado bilbaíno..., en esas realidades tan duras, se cuela la alegría de esos personajes que, pese a haberlo perdido todo, y pese al hecho de que  parece que lo único que tienen a la vista es seguir perdiendo lo poco que les queda, se empeñan en la risa, las voces, el amor..., alegrando, arrojando color a la negrura de esos lugares... En las colas de Porlier, en esas visitas en la que los de dentro y las de fuera están separados por una alambrada, existe la solidaridad, la comprensión, el cariño, la risa... incluso gestos de amor, como el estirar los dedos entre los rombos de alambre buscando un acercamiento imposible en el momento de las despedidas. O en Cuelgamuros, desde que una de las mujeres de un preso se negó a abandonar el lugar y cómo las autoridades hubieron de permitirle acampar allí, en una chabola en la que recibía a su pareja, y cómo no pudieron evitar que esas chabolas proliferaran hasta dar lugar a un pueblo de latas, mísero, pero que albergaba la única posibilidad de felicidad que les quedaba (cita superior). Y no digamos los gestos de solidaridad, empatía, de amor en definitiva que surge entre todos los familiares de los represaliados cuando se producía la ejecución de uno de ellos...
Almudena Grandes opta por construir una especie de tratado sobre la resiliencia humana, sobre la capacidad de estos individuos para resistir, individualmente y como colectivo, seres que reciben un golpe tras otro, golpes y más golpes, físicos y morales que los van doblando y doblando pero que, por más que ese empuje les acerque al suelo, nunca pierden la capacidad de regresar a la verticalidad, una y otra vez.
Salud.

(...). Con ellas había aprendido que renunciar a la felicidad era peor que morir, y que el anhelo, del deseo, la ilusión de un porvenir mejor, aunque fuera tan pequeño como el que cabe entre una pena de muerte y una condena a treinta años de reclusión , era posible, era bueno y legítimo, era digno, honroso hasta en aquella sucursal del infierno donde había hecho cola todo los lunes del mejor verano de mi vida. Aspirar a ser feliz en una cárcel era una forma de resistir, y eso, aunque mi madrastra jamás lo entendería, no era una renuncia a la normalidad, a la comodidad, al destino apacible de la gente corriente, sino una elección libre y soberana. El fruto de la única libertad que me quedaba. (610)


(1) Episodios de una Guerra Interminable.
Las tres bodas de Manolita
El cura de Porlier, el Patronato de Redención de Penas y 
el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo.
Almudena Grandes
TusQuets editores
Barcelona 2014
(2) Soldados de Salamina, Javier Cercas, Tusquets, Barcelona 2001, pag. 86
(3) El dinosaurio, microrrelato de Augusto Monterroso.
(4) La imagen es de la sección de cultura de El País, en su edición digital. Corresponde a la fiesta de la Marced en la cárcel de Porlier, el 28 de septiembre de 1940.

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