jueves, 2 de octubre de 2014

Mil veces buenas noches

El 18 de agosto de 2014 se estrenó Mil veces buenas noches, película dirigida por el noruego Erik Poppe (1960), de cuyo guión  es coautor con Harald Rosenløw-Eeg.  Su rodaje es de 2013, y se lleva a cabo en tres espacios muy distantes entre sí: Afganistan, en concreto Kabul, Kenia e Irlanda, dotando al filme de tres calidades de fotografía muy distintas: los espacios áridos y marrones de los dos primeros, y los húmedos y verdes del tercero.
Poppe, con este filme propone una reflexión sobre el trabajo del reportero gráfico en lugares de guerra, su utilidad y sentido, así como los conflictos que una profesión tan dura como esta provoca en el entorno social y familiar de quien la realiza, y por supuesto en su propio equilibrio personal. Se trata de una obra en gran medida autobiográfica, dado que el mismo Poppe ejerció esta profesión antes de dedicarse plenamente al cine, cosa que hace desde 1998, cuando estrena la primera de las cuatro películas que ha dirigido hasta ahora.
Mil veces buenas noches cuenta la historia de Rebecca, interpretada por una espléndida Juliette Binoche, que es la reportera gráfica protagonista de la película. Está casada con un naturalista marino, Marcus, que interpreta Nikolaj Coster-Waldau, y tienen dos hijas, una adolescente de unos trece o catorce años, la que más sufre todo lo que acarrea la profesión de su madre, y una niña de seis o siete, al más ajena a todo.
Que Poppe sitúe en el papel protagonista a una mujer es, a mi parecer, una muy buena a decisión en favor del tono dramático de la historia: por colocar una mujer como protagonista en un mudo tan masculino como el del reporterismo gráfico, aportando una mirada muy particular; y porque el conflicto familiar parece acentuarse por ser en este caso la figura de la madre la que tiene que optar entre su familia o su carrera profesional.
Toda la película oscila entre las imágenes de Rebecca en el ejercicio de su trabajo de reportera gráfica, dos veces en Kabul y una en Kenia, en situaciones de gran violencia vinculadas al yihadismo islámico, y sus largas estancias en Irlanda, donde aparecen todas las tensiones provoca ese trabajo. En los espacios de conflicto el ritmo de la película se acelera, y las imágenes son de gran dureza, siempre desde la perspectiva de la periodista. En los tiempos intermedios, en Irlanda, los más largos, la película se ralentiza, se vuelve más intimista, de manera que los personajes miran hacia su interior para mostrarnos con gran dolor sus angustias.
La acción arranca en Kabul, donde Becca está cubriendo los preparativos de un atentado suicida yihadista que va a cometer una mujer. Ésta, muy asustada, se encuentra entre otras mujeres, posiblemente familiares, algunas ataviadas con burka, que no dejan de rezar entre lágrimas. Tras simular el entierro de la yihadista en una tumba abierta en el suelo, muy cuidadosamente la preparan para el atentado: la asean, la visten tras una sábana, el colocan los cinturones de explosivos antes de cubrirla con el Hiyab, dejando en su mano el botón de detonación y finalmente, con contenidas muestras de dolor se despiden de ella. En el último momento, la periodista pide entrar en el todoterreno que llevará a la mujer al lugar del atentado con la excusa de acompañarla al menos un tramo del trayecto, y poder registrar en fotografías también ese momento.
Tras pasar un control policial acceden a una zona abarrotada de gente, que parece ser las inmediaciones de un mercado, y Rebecca pide que pare el coche. Se baja, y se va alejando lentamente mientras un policía afgano sospecha y se acerca al vehículo, comprueba lo que sucede y tras forcejear un momento con la terrorista huye rápidamente justo antes de que ella haga estallar la carga explosiva. Becca no deja de fotografiar en ningún momento y sólo al final trata de avisar de lo que le va a suceder a los que le rodean, entre ellos muchos niños que no dejan de jugar ajenos a lo que se les viene encima. El explosivo estalla y ella sale despedida por la onda expansiva sufriendo heridas de consideración. Aún así sigue trabajando, tomando instantáneas de una crudeza enorme. El director mezcla planos amplios, muy descriptivos, con primeros planos muy impactantes y dramáticos, y añade muchos planos con una cámara subjetiva, en los que coloca instantáneas de las que está captando Rebecca, cosa que coloca al espectador en el lugar de la protagonista. La escena termina en un hospital en Dubái, donde ella ha sido trasladada para tratar de urgencia sus heridas, y hasta donde se ha desplazado su marido para regresar con ella a Irlanda.
En Irlanda los problemas aparecen por sí solos. Esta vez con un ritmo narrativo lento, lleno de primeros planos, de larguísimos silencios, de palabras sólo susurradas... En cuanto a los problemas familiares, su marido le explica cómo todos sufren con gran incertidumbre sus prolongadas ausencias por causa del trabajo en un estado de angustia constante ante el peligro cierto de que en cualquiera de ellas pueda perder la vida o regresar malherida, como ha sucedido en esta ocasión. Esta angustia la sufren de manera muy particular su marido y su hija adolescente. La tensión llega a tal punto que Becca se compromete con Marcus a abandonar este tipo de trabajo. Renuncia a seguir cubriendo información en lugares peligrosos.
Por lo que se refiere a lo personal, son varios los fantasmas que atormentan a la Becca reportera: en primer lugar la sensación de vértigo que le produce la conciencia de haber perdido el control de la situación hasta el punto de haber puesto en peligro su vida desde el momento que decide subir al vehículo con la terrorista, cosa en absoluto profesional. No ha sabido parar a tiempo pese a los años de experiencia que ya tiene. Tampoco Marcus comprende cómo le ha podido pasar eso a ella. Pero además, se plantea el sentido último de su trabajo: si no debía haber intentado parar todo aquello, máxime cuando toma conciencia de la cantidad de niños que hay en el lugar donde va a estallar al bomba..., si no sería ella la responsable del momento y lugar de la detonación por haber abandonado el coche con la policía tan cerca... y si no debería de haber bajado el objetivo de la cámara  y así evitar que los demás hagan ante ella el papel que se espera de ellos...
Para colmo su editora le comunica que por razones de inoportunidad política en principio no se podrá publicar su reportaje. Entonces, qué sentido ha tenido todo, ahora sí que nada ha merecido la pena.
Pero claro. La vida es eso que pasa mientras tú haces planes y vas tomando decisiones... Aunque se ha comprometido a no volver a trabajar en lugares en conflicto, enseguida le ofrecen hacer el reportaje de un campo de refugiados en Kenia, un trabajo en principio sin riesgos que ella inicialmente rechaza, pero que finalmente acepta con el asentimiento de Marcus, y ante la insistencia de su hija adolescente, empeñada en acompañar a su madre y así documentar una tarea sobre África que tiene que hacer para el Instituto.
Ya en el campo de refugiados keniata, cerca de la frontera somalí, y cuando están madre e hija tomando las primeras imágenes, llega un grupo de hombres, pertenecientes a alguno de los clanes vinculados a los señores de la guerra de la región, para asaltar el campo. El responsable de Naciones Unidas para la seguridad de la periodista y su hija quiere sacarlas de allí pero Rebecca se empeña en quedarse para fotografiar y poder denunciar lo que sucede, y deja a su hija con el responsable de la ONU para que sea evacuada. Nuevamente pone en serio peligro su vida y, en esta ocasión, también la de su hija. A su regreso a Irlanda ocultan en principio lo sucedido a Marcus, que sin embargo se entera al ver, casi por casualidad, una de las grabaciones de vídeo de su hija en su ordenador personal. Una grabación llena de gritos, disparos, carreras, y las negativas de Becca a abandonar el lugar, que pone bien a las claras lo que allí ha sucedido.
En este momento, lleno de ira, echa a su mujer de su casa al tiempo que tira su cazadora de trabajo y un bolso con sus cámaras fotográficas a la calle. Nuevamente el conflicto familiar ha estallado..., pero esta vez ya no tiene solución. La familia se rompe.
En el viaje a Kenia, Rebecca le había contado a su hija qué suponía la fotografía para ella, cómo era una vía de escape para su rabia, su ira contra el mundo por la suerte que en él corrían los más débiles. Ella estaba allí precisamente para denunciar todo eso, ese era su lugar. Por eso optó por esa profesión, y por eso también se mantenía aún en ella. Por todo ello, Rebecca ahora sólo puede  aceptar esta nueva situación, y procurar la comprensión de los suyos, nada más, y muy especialmente la de su hija, cosa que parece que finalmente consigue.
Pero a la película le queda un último giro. Rebecca asume su destino y retoma su trabajo. La editora norteamericana le dice que las circunstancias han cambiado, que se publicará su trabajo de Kabul, pero que debe completarlo con otro reportaje. Regresa a Kabul y cuando llega al mismo lugar donde grabó las escenas de la primera yihadista suicida, cuando se dispone a cubrir una situación que ella creía parecida, descubre que esta vez a la que están vistiendo tras fijar a su cuerpo los cinturones con explosivos no es más que una niña que apenas ha llegado a la pubertad. Esta circunstancia la paraliza, la remueve por dentro, casi le hace vomitar, y no le permite en esta ocasión hacer ni una fotografía. Vuelve a plantearse si no debe intentar pararlo todo, o si debe hacer su trabajo y fotografiar lo que tiene delante, sea esto lo que sea, si la cámara no será una vez más también una causa más del desarrollo de los acontecimientos...
Todos los interrogantes siguen abiertos.
Película muy recomendable. Carmen y yo la vimos en versión original con subtítulos, y estábamos sólo nosotros dos en la sala.
El trailer.
http://youtu.be/ulxbMRieVzo

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