Reseñaré un par de películas que vi hace ya algunas semanas, cuando empecé esta entrada que no he terminado hasta hoy. La primera fue Un viaje de diez metros, del sueco Lasse Hallström (Estocolmo 1946), sobre un guión de Steven Knight, a partir de la novela homónima del escritor y periodista de origen portugués Richard C. Morais; la segunda es Ahí os quedáis, del director canadiense Shawn Levy (Montreal 1968) con guión basado en al novela This Is Where I Leave You (título original de la película) del neoyorquino Jonathan Tropper.
Un viaje de diez metros cuenta la historia de una familia india que se ve obligada a salir de su país cuando un incendio provocado, consecuencia de un acto de violencia política, acaba con el negocio de restauración que tenía en Bombay y con la vida de la madre. El padre y cinco hijos, tres niños (uno de ellos con un talento excepcional para la cocina) y dos niñas, se trasladan a Europa. Entran al viejo continente por Holanda, y tras probar fortuna en Inglaterra, se trasladan a un pequeño pueblo del sur de Francia, donde se quedan porque es en él donde se averían los frenos del coche que conducía el padre. Éste, interpreta el percance como una señal, y decide (sin atender la opinión en contra de los hijos) quedarse ahí. Compran una casona vieja y montan un restaurante en el que servir comida india. El problema es que en frente de su restaurante, a diez metros, hay otro, éste francés, de lujo, con una estrella michelín. A partir de ahí la película desarrolla diversos temas. Algunos muy duros como el problema de la inmigración en Europa o la violencia xenófoba en Francia, y otros que lo son menos: lo duro y extravagante que resulta el mundo de la alta restauración, varias historias de amor... A mi parecer ningún tema es tratado con profundidad, y mucho menos los relacionados con lo social y político.
Lo que sí logra Levy es una película de gran ternura gracias a la delicadeza con la que trata todas las escenas de cocina, los olores, los colores, las texturas..., evocando permanentemente el cariño de la madre muerta; consigue trabar una historia delicada y hermosa. Si a ello unimos los aciertos cómicos, el resultado es una película muy positiva y dulce...y poco más.
Ahí os quedáis es otra cosa. Una familia judía se reúne con motivo de la muerte del padre para guardar los siete días de luto que prescribe su religión tras el entierro: la shivá.Toda la familia debe permanecer todos esos días en el hogar del fallecido, compartiendo el dolor por el ser querido. La ocasión congrega a "los que quedan": la madre y los cuatro hermanos, todos ellos bastante descreídos en términos religiosos, que afrontan la situación con gran sentido del humor. Están en ese momento de la vida en el que siempre hay un motivo para la infelicidad, motivo que, sea el que sea, te permite descubrir que aquello de la felicidad es según cuándo y dónde, y nunca es total y siempre. Toda decisión conlleva un lastre, y la gatera está completamente llena de pelos.
El realizador nos cuenta la vida de todos y cada uno de los hijos y de la madre, quedando el muerto en el papel de causa simple de la reunión, no se le llora en exceso y tampoco se le recuerda con profunda tristeza. Empieza por el segundo de los hijos, quien poco antes de saber lo sucedido a su padre descubre a su mujer en la cama con su jefe (que resulta ser un perfecto capullo) y decide abandonarla, antes de que ella le descubra que está embarazada y que el hijo que viene es de él; el hijo mayor está enamorado de su mujer y es feliz con ella, y sin embargo no consiguen un muy deseado embarazo, cosa que les hace sentirse profundamente desgraciados; el hijo pequeño es un inmaduro incorregible, que mantiene una relación con una mujer mucho mayor que él, a la que engaña con una antigua novia durante los siete días de la shivá; y la única hija, que además es el único miembro del grupo con hijos, tiene un marido que está más atento a los negocios que a ella, quien por otro lado parece seguir enamorada de un vecino suyo que quedó mal tras un accidente de tráfico en el que ella estuvo involucrada y con el que se ve en secreto... y por último la madre, de la que el final de la película nos descubre que es lesbiana, y mantiene una relación con la madre del hijo del accidente, realidad que hace pensar cómo tuvo que pasar el patriarca muerto los últimos años de su vida.
Así contado, cabría pensar que son seis historias desgraciadas (si incluimos al muerto), por una u otra razón. Sin embargo el sabor de boca que te queda al final de la película es a pura realidad, y positivo, una especie de es lo que hay, y se trata de seguir... El director coloca la lupa encima de cada personaje y nos cuenta su situación desde una gran humanidad, una gran compasión - de "sentir con"-, y comprensión... es una mirada horizontal. Y a pesar de las referencias constantes al judaísmo, en la historia no hay dioses que juzguen fracasos, ni sacerdotes intermediando (el rabino que aparece es joven, amigo de los chicos y en absoluto juega el papel de confortador de almas). Dos elementos ayudan a crear ese clima: el humor y el sexo. Y es que esas dos cosas, la risa y el sexo, de siempre han hecho enmudecer a los dioses y a sus sacerdotes, y es por eso que a éstos les gusta tan poco las dos casas. Pero esto es ya otra historia sobre la que volveremos en otra ocasión.


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