martes, 14 de octubre de 2014

Un viaje de diez metros y Ahí os quedáis

Reseñaré un par de películas que vi hace ya algunas semanas, cuando empecé esta entrada que no he terminado hasta hoy. La primera fue Un viaje de diez metros, del sueco Lasse Hallström (Estocolmo 1946), sobre un guión de Steven Knight, a partir de la novela homónima del escritor y periodista de origen portugués Richard C. Morais; la segunda es Ahí os quedáis, del director canadiense Shawn Levy (Montreal 1968) con guión basado en al novela This Is Where I Leave You (título original de la película) del neoyorquino Jonathan Tropper.

Un viaje de diez metros  cuenta la historia de una familia india que se ve obligada a salir de su país cuando un incendio provocado, consecuencia de un acto de violencia política, acaba con el negocio de restauración que tenía en Bombay y con la vida de la madre. El padre y cinco hijos, tres niños (uno de ellos con un talento excepcional para la cocina) y dos niñas, se trasladan a Europa. Entran al viejo continente por Holanda, y tras probar fortuna en Inglaterra, se trasladan a un pequeño pueblo del sur de Francia, donde se quedan porque es en él donde se averían los frenos del coche que conducía el padre. Éste, interpreta el percance como una señal, y decide (sin atender la opinión en contra de los hijos) quedarse ahí. Compran una casona vieja y montan un restaurante en el que servir comida india. El problema es que en frente de su restaurante, a diez metros, hay otro, éste francés, de lujo, con una estrella michelín. A partir de ahí la película desarrolla diversos temas. Algunos muy duros como el problema de la inmigración en Europa o la violencia xenófoba en Francia, y otros que lo son menos: lo duro y extravagante que resulta el mundo de la alta restauración, varias historias de amor... A mi parecer ningún tema es tratado con profundidad, y mucho menos los relacionados con lo social y político.
Lo que sí logra Levy es una película de gran ternura gracias  a la delicadeza con la que trata todas las escenas de cocina, los olores, los colores, las texturas..., evocando permanentemente el cariño de la madre muerta; consigue trabar una historia delicada y hermosa. Si a ello unimos los aciertos cómicos, el resultado es una película muy positiva y dulce...y poco más.

Ahí os quedáis es otra cosa. Una familia judía se reúne con motivo de la muerte del padre para guardar los siete días de luto que prescribe su religión tras el entierro: la shivá.Toda la familia debe permanecer todos esos días en el hogar del fallecido, compartiendo el dolor por el ser querido. La ocasión congrega a "los que quedan": la madre y los cuatro hermanos, todos ellos bastante descreídos en términos religiosos, que afrontan la situación con gran sentido del humor. Están en ese momento de la vida en el que siempre hay un motivo para la infelicidad, motivo que, sea el que sea, te permite descubrir que aquello de la felicidad es según cuándo y dónde, y nunca es total y siempre. Toda decisión conlleva un lastre, y la gatera está completamente llena de pelos.
El realizador nos cuenta la vida de todos y cada uno de los hijos y de la madre, quedando el muerto en el papel de causa simple de la reunión, no se le llora en exceso y tampoco se le recuerda con profunda tristeza. Empieza por el segundo de los hijos, quien poco antes de saber lo sucedido a su padre descubre a su mujer en la cama con su jefe (que resulta ser un perfecto capullo) y decide abandonarla, antes de que ella le descubra que está embarazada y que el hijo que viene es de él; el hijo mayor está enamorado de su mujer y es feliz con ella, y sin embargo no consiguen un muy deseado embarazo, cosa que les hace sentirse profundamente desgraciados; el hijo pequeño es un inmaduro incorregible, que mantiene una relación con una mujer mucho mayor que él, a la que engaña con una antigua novia durante los siete días de la shivá; y la única hija, que además es el único miembro del grupo con hijos, tiene un marido que está más atento a los negocios que a ella, quien por otro lado parece seguir enamorada de un vecino suyo que quedó mal tras un accidente de tráfico en el que ella estuvo involucrada y con el que se ve en secreto... y por último la madre, de la que el final de la película nos descubre que es lesbiana, y mantiene una relación con la madre del hijo del accidente, realidad que hace pensar cómo tuvo que pasar el patriarca muerto los últimos años de su vida.
Así contado, cabría pensar que son seis historias desgraciadas (si incluimos al muerto), por una u otra razón. Sin embargo el sabor de boca que te queda al final de la película es a pura realidad, y positivo, una especie de es lo que hay, y se trata de seguir... El director coloca la lupa encima de cada personaje y nos cuenta su situación desde una gran humanidad, una gran compasión - de "sentir con"-, y comprensión... es una mirada horizontal. Y a pesar de las referencias constantes al judaísmo, en la historia no hay dioses que juzguen fracasos, ni sacerdotes intermediando (el rabino que aparece es joven, amigo de los chicos y en absoluto juega el papel de confortador de almas). Dos elementos ayudan a crear ese clima: el humor y el sexo. Y es que esas dos cosas, la risa y el sexo, de siempre han hecho enmudecer a los dioses y a sus sacerdotes, y es por eso que a éstos les gusta tan poco las dos casas. Pero esto es ya otra historia sobre la que volveremos en otra ocasión.

jueves, 9 de octubre de 2014

La maratón de Sevilla

Hace un par de semanas formalicé la preinscripción a la maratón de Sevilla 2015. Ya intenté inscribirme para correr la de este 2014, pero no llegué a tiempo, en poco más de un mes se terminaron los dorsales.  La carrera se celebra cada año el último domingo de febrero, en este caso, en su XXXI edición, será el próximo día 22 de febrero, con salida de la avenida Carlos III a las 9 de la mañana , y meta en el Estadio de la Cartuja con 6 horas para llegar, ya que se cerrará a las 15:00.
Es la primera vez que me inscribo en una maratón. He participado en carreras largas. En un par de medias maratones, otras dos de 26 y 33 kms,  y una de 50. Sin embargo, estas tres últimas eran trail, es decir, carreras de campo: la de 26 y 50 kms entre San Fernando y Cádiz, por la playa en su mayor parte, y la de 33 por el Parque natural de la Breña, con salida y llegada en Barbate. Son por tanto carreras muy exigentes, por el esfuerzo extra que supone el medio en el que se corren. Ya tenía ganas de hacer una maratón urbana sin más. Y creo que no es mala decisión que la primera sea esta de Sevilla.
En lo exclusivamente deportivo esta maratón tiene la ventaja de ser una carrera, aparte de la distancia, poco exigente, llana, no creo que se acumulen demasiados metros de subidas y bajadas. Por otro lado, tratándose de Sevilla, es casi seguro que el tiempo acompañará, hará un espléndido sol de invierno, dando lugar a una hermosa mañana luminosa y cálida, muy favorable para correr por sus calles.
En esta carrera me propongo en primer lugar llegar corriendo, es decir, correr todo el tiempo, los 42 kilómetros y 195 metros que la completan; y en segundo lugar terminar en torno a cuatro horas.
Por otro lado, el plan de entrenamiento que he previsto es el siguiente: correr cinco días a la semana. Uno, preferentemente los sábados, haré tiradas largas, de no menos de 15/16 Kms; otros dos días, los domingos y martes correré alrededor de una hora con algo de ejercicio físico al final, aparte de los estiramientos habituales, flexiones, abdominales...; el lunes otra tirada de más de una hora; y el jueves series, en principio las que ahora hago, que son 6 x 800 m, con dos minutos caminando entre cada una de ellas, y un km al principio y al final, series cuya distancia quizás aumente a 1000 metros, y también introduciré alguna semana en este día pirámides de fuerza. Quiero rematar la preparación corriendo alguna media (puede que repita este año con la de Sevilla - Los Palacios, que se corre en el mes de diciembre) y alguna carrera popular local.


Este es el recorrido:
sobre plano....


y el callejero.

Creo que el encabezamiento del callejero es erróneo, y no así lo que describe. En la web de la que lo he sacado (http://imd.sevilla.org/maraton-sevilla-2015-circuito) , siempre habla de la maratón de 2015.

En el siguiente enlace tenéis la ficha técnica de la carrera: http://imd.sevilla.org/maraton-sevilla-2015-ficha-tecnica.





miércoles, 8 de octubre de 2014

Las tres bodas de Manolita.... y la alegría como forma de resitencia.

Sin embargo, con el tiempo comprendí que la alegría era un arma superior al odio, las sonrisas más útiles, más feroces que los gestos de rabia y desaliento.
Para las mujeres de Cuelgamuros la felicidad era una consigna, el grito mudo que recordaba a los de abajo, día tras día, que su victoria no había sido bastante para acabar con nosotras, que preferíamos vivir en los márgenes, en casas sin agua y sin luz, edificadas con nuestras propias manos, a habitar en el centro que habían levantado sobre nuestra ruina.
(página 653 - 654)(1).

En estos Episodios de una Guerra Interminable, Almudena Grandes se propone contar en seis novelas los primeros 25 años de dictadura franquista. Considera que 1964 supone ya un cambio en el devenir del régimen, pues la llegada del turismo y la salida a Europa de tantos españoles en busca de trabajo fueron poco a poco cambiando de manera definitiva esa sociedad española que creció durante la guerra y la posguerra , aunque no lograra el cambio político, pues a la dictadura del general Franco aún le quedaban once años de vida, los mismos que a su titular.
Las tres bodas de Manolita, la tercera entrega de la serie, se desarrolla en los años 40, años de hierro, de una represión brutal, de cárceles y torturas y fusilamientos, de una completa humillación de los vencidos, una España de curas y militares, completamente aislada...
Sin embargo, a pesar de ese panorama, en la década de los 40 la esperanza aún es posible: la guerra mundial poco a pocos se inclina a favor de los aliados, y la derrota del eje, desde la batalla de Stalingrado parece cada vez más una cuestión de tiempo; los aliados de Franco están siendo vencidos, y desde el exilio interior y exterior  se confía en que una vez caiga Berlín y París sea liberada, los aliados cruzarán los Pirineos para echar al dictador español del poder y restaurar la II República; la falta de apoyo de las democracias europeas durante la Guerra Civil al régimen republicano merecía ser resarcido y la intervención se consideraba segura. Desgraciadamente no fue así.
Nada de esto sucedió... Nadie cruzó la cordillera pirenaica para echar a ese "... militar gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador..." y terminar con "...su régimen de mierda" en palabras de Javier Cercas (2). Y lo peor es que llegó la década siguiente, los años 50, y "... el dinosaurio todavía estaba allí" (3). La dictadura se adaptó a los tiempos, ocupó su lugar en el contexto de la guerra fría, firmó los acuerdos con EEUU y con el Vaticano, y poco a poco se suavizó el aislamiento... Quizás esta década, para la oposición al régimen, fuera la de mayor desesperanza, la de mayor desazón, pues habría de sentir la dictadura como un régimen consolidado, blindado, con futuro.
El mundo que rodea a Manolita es el de la inmediata posguerra, el descrito más arriba, y que en las páginas de la novela queda perfectamente reflejado. Y sin embargo, a pesar de todo, se percibe cierta alegría en la manera de afrontar la realidad, alegría que Almudena Grandes ha querido explicitar, una alegría que, tal y como refleja la cita que abre esta entrada, era una forma de lucha, la única forma de lucha que cabía en una realidad de plomo. La autora insiste en la idea de que no ha querido escribir una historia de derrota y hundimiento, a pesar de la miseria moral que lo empapa todo: a pesar del cura de Porlier (en Madrid había algo más de 30 cárceles en los primeros años cuarenta, llenas de presos políticos) que seguramente logró una pingüe fortuna "casando presos"; a pesar de los niños
esclavos del franquismo; a pesar de las miles de ejecuciones en las paredes de los cementerios, en alguna ocasión con el reo atado a una silla porque en la sesión de tortura que precedía a la ejecución a alguien se le había ido la mano, le había roto la espalda al detenido, y éste no podía estar de pie ante el pelotón de fusilamiento; a pesar del hambre, que llevaba a Manolita a enseñarle las tetas al hijo del panadero, que además era imbécil, y de esa manera conseguir el pan que no podía comprar para sus hermanos; a pesar de los chivatos traidores como el Orejas...
Almudena Grandes ha querido escribir la historia de unas personas que a pesar de todo y de todos, hicieron lo posible (y un poco más) por sobrevivir y ser felices...  Antonio de Hoyos y Vinent y la Palmera, hijo del marqués de Hoyos y anarquista el primero, que terminó sus días en Porlier y bailaor y palmero en un cuadro flamenco el segundo, que logró sobrevivir, ambos homosexuales y resistentes  hasta el final; Antonio el Guapo, Toñito, hermano de Manolita, miembro de las JUS que hizo la guerra, al igual que su padre, y que tras la derrota se mantiene durante años en la clandestinidad al amparo del cuadro flamenco que lidera su pareja Eladia Torres Martínez, desde donde intenta reconstruir la resistencia al régimen; Martina, de la cola de Porlier, novia de Tasio y madrina de las dos primeras bodas de Manolita, que lucha por mantener su relación; Isabel y Pilarín, las hermanas de Manolita que terminan en el internado de Bilbao, la primera con las manos destrozadas por la sosa que usan para lavar la ropa, cosa que decide soportar por la educación que sí está recibiendo su hermana; y la propia Manolita, que sin quererlo nunca, se vio colaborando con la resistencia al franquismo por causa de unas multicopistas que nunca llegaron a imprimir un pasquín, pero que le permitieron conocer a su Silverio el Manitas, con el que se casó dos veces en Porlier, vivió con él en una chabola en Cuelgamuros y se casó una tercera ante un juez cuando la dictadura había terminado... Ninguno de todos estos personajes, unos reales y otros literarios se rindió.
Pero además de la vida de los personajes, hay espacios para la alegría. En los espacios más duros, en la cárcel de Porlier, en Cuelgamuros trabajando en el mausoleo de los Caídos, incluso en el internado bilbaíno..., en esas realidades tan duras, se cuela la alegría de esos personajes que, pese a haberlo perdido todo, y pese al hecho de que  parece que lo único que tienen a la vista es seguir perdiendo lo poco que les queda, se empeñan en la risa, las voces, el amor..., alegrando, arrojando color a la negrura de esos lugares... En las colas de Porlier, en esas visitas en la que los de dentro y las de fuera están separados por una alambrada, existe la solidaridad, la comprensión, el cariño, la risa... incluso gestos de amor, como el estirar los dedos entre los rombos de alambre buscando un acercamiento imposible en el momento de las despedidas. O en Cuelgamuros, desde que una de las mujeres de un preso se negó a abandonar el lugar y cómo las autoridades hubieron de permitirle acampar allí, en una chabola en la que recibía a su pareja, y cómo no pudieron evitar que esas chabolas proliferaran hasta dar lugar a un pueblo de latas, mísero, pero que albergaba la única posibilidad de felicidad que les quedaba (cita superior). Y no digamos los gestos de solidaridad, empatía, de amor en definitiva que surge entre todos los familiares de los represaliados cuando se producía la ejecución de uno de ellos...
Almudena Grandes opta por construir una especie de tratado sobre la resiliencia humana, sobre la capacidad de estos individuos para resistir, individualmente y como colectivo, seres que reciben un golpe tras otro, golpes y más golpes, físicos y morales que los van doblando y doblando pero que, por más que ese empuje les acerque al suelo, nunca pierden la capacidad de regresar a la verticalidad, una y otra vez.
Salud.

(...). Con ellas había aprendido que renunciar a la felicidad era peor que morir, y que el anhelo, del deseo, la ilusión de un porvenir mejor, aunque fuera tan pequeño como el que cabe entre una pena de muerte y una condena a treinta años de reclusión , era posible, era bueno y legítimo, era digno, honroso hasta en aquella sucursal del infierno donde había hecho cola todo los lunes del mejor verano de mi vida. Aspirar a ser feliz en una cárcel era una forma de resistir, y eso, aunque mi madrastra jamás lo entendería, no era una renuncia a la normalidad, a la comodidad, al destino apacible de la gente corriente, sino una elección libre y soberana. El fruto de la única libertad que me quedaba. (610)


(1) Episodios de una Guerra Interminable.
Las tres bodas de Manolita
El cura de Porlier, el Patronato de Redención de Penas y 
el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo.
Almudena Grandes
TusQuets editores
Barcelona 2014
(2) Soldados de Salamina, Javier Cercas, Tusquets, Barcelona 2001, pag. 86
(3) El dinosaurio, microrrelato de Augusto Monterroso.
(4) La imagen es de la sección de cultura de El País, en su edición digital. Corresponde a la fiesta de la Marced en la cárcel de Porlier, el 28 de septiembre de 1940.

jueves, 2 de octubre de 2014

Mil veces buenas noches

El 18 de agosto de 2014 se estrenó Mil veces buenas noches, película dirigida por el noruego Erik Poppe (1960), de cuyo guión  es coautor con Harald Rosenløw-Eeg.  Su rodaje es de 2013, y se lleva a cabo en tres espacios muy distantes entre sí: Afganistan, en concreto Kabul, Kenia e Irlanda, dotando al filme de tres calidades de fotografía muy distintas: los espacios áridos y marrones de los dos primeros, y los húmedos y verdes del tercero.
Poppe, con este filme propone una reflexión sobre el trabajo del reportero gráfico en lugares de guerra, su utilidad y sentido, así como los conflictos que una profesión tan dura como esta provoca en el entorno social y familiar de quien la realiza, y por supuesto en su propio equilibrio personal. Se trata de una obra en gran medida autobiográfica, dado que el mismo Poppe ejerció esta profesión antes de dedicarse plenamente al cine, cosa que hace desde 1998, cuando estrena la primera de las cuatro películas que ha dirigido hasta ahora.
Mil veces buenas noches cuenta la historia de Rebecca, interpretada por una espléndida Juliette Binoche, que es la reportera gráfica protagonista de la película. Está casada con un naturalista marino, Marcus, que interpreta Nikolaj Coster-Waldau, y tienen dos hijas, una adolescente de unos trece o catorce años, la que más sufre todo lo que acarrea la profesión de su madre, y una niña de seis o siete, al más ajena a todo.
Que Poppe sitúe en el papel protagonista a una mujer es, a mi parecer, una muy buena a decisión en favor del tono dramático de la historia: por colocar una mujer como protagonista en un mudo tan masculino como el del reporterismo gráfico, aportando una mirada muy particular; y porque el conflicto familiar parece acentuarse por ser en este caso la figura de la madre la que tiene que optar entre su familia o su carrera profesional.
Toda la película oscila entre las imágenes de Rebecca en el ejercicio de su trabajo de reportera gráfica, dos veces en Kabul y una en Kenia, en situaciones de gran violencia vinculadas al yihadismo islámico, y sus largas estancias en Irlanda, donde aparecen todas las tensiones provoca ese trabajo. En los espacios de conflicto el ritmo de la película se acelera, y las imágenes son de gran dureza, siempre desde la perspectiva de la periodista. En los tiempos intermedios, en Irlanda, los más largos, la película se ralentiza, se vuelve más intimista, de manera que los personajes miran hacia su interior para mostrarnos con gran dolor sus angustias.
La acción arranca en Kabul, donde Becca está cubriendo los preparativos de un atentado suicida yihadista que va a cometer una mujer. Ésta, muy asustada, se encuentra entre otras mujeres, posiblemente familiares, algunas ataviadas con burka, que no dejan de rezar entre lágrimas. Tras simular el entierro de la yihadista en una tumba abierta en el suelo, muy cuidadosamente la preparan para el atentado: la asean, la visten tras una sábana, el colocan los cinturones de explosivos antes de cubrirla con el Hiyab, dejando en su mano el botón de detonación y finalmente, con contenidas muestras de dolor se despiden de ella. En el último momento, la periodista pide entrar en el todoterreno que llevará a la mujer al lugar del atentado con la excusa de acompañarla al menos un tramo del trayecto, y poder registrar en fotografías también ese momento.
Tras pasar un control policial acceden a una zona abarrotada de gente, que parece ser las inmediaciones de un mercado, y Rebecca pide que pare el coche. Se baja, y se va alejando lentamente mientras un policía afgano sospecha y se acerca al vehículo, comprueba lo que sucede y tras forcejear un momento con la terrorista huye rápidamente justo antes de que ella haga estallar la carga explosiva. Becca no deja de fotografiar en ningún momento y sólo al final trata de avisar de lo que le va a suceder a los que le rodean, entre ellos muchos niños que no dejan de jugar ajenos a lo que se les viene encima. El explosivo estalla y ella sale despedida por la onda expansiva sufriendo heridas de consideración. Aún así sigue trabajando, tomando instantáneas de una crudeza enorme. El director mezcla planos amplios, muy descriptivos, con primeros planos muy impactantes y dramáticos, y añade muchos planos con una cámara subjetiva, en los que coloca instantáneas de las que está captando Rebecca, cosa que coloca al espectador en el lugar de la protagonista. La escena termina en un hospital en Dubái, donde ella ha sido trasladada para tratar de urgencia sus heridas, y hasta donde se ha desplazado su marido para regresar con ella a Irlanda.
En Irlanda los problemas aparecen por sí solos. Esta vez con un ritmo narrativo lento, lleno de primeros planos, de larguísimos silencios, de palabras sólo susurradas... En cuanto a los problemas familiares, su marido le explica cómo todos sufren con gran incertidumbre sus prolongadas ausencias por causa del trabajo en un estado de angustia constante ante el peligro cierto de que en cualquiera de ellas pueda perder la vida o regresar malherida, como ha sucedido en esta ocasión. Esta angustia la sufren de manera muy particular su marido y su hija adolescente. La tensión llega a tal punto que Becca se compromete con Marcus a abandonar este tipo de trabajo. Renuncia a seguir cubriendo información en lugares peligrosos.
Por lo que se refiere a lo personal, son varios los fantasmas que atormentan a la Becca reportera: en primer lugar la sensación de vértigo que le produce la conciencia de haber perdido el control de la situación hasta el punto de haber puesto en peligro su vida desde el momento que decide subir al vehículo con la terrorista, cosa en absoluto profesional. No ha sabido parar a tiempo pese a los años de experiencia que ya tiene. Tampoco Marcus comprende cómo le ha podido pasar eso a ella. Pero además, se plantea el sentido último de su trabajo: si no debía haber intentado parar todo aquello, máxime cuando toma conciencia de la cantidad de niños que hay en el lugar donde va a estallar al bomba..., si no sería ella la responsable del momento y lugar de la detonación por haber abandonado el coche con la policía tan cerca... y si no debería de haber bajado el objetivo de la cámara  y así evitar que los demás hagan ante ella el papel que se espera de ellos...
Para colmo su editora le comunica que por razones de inoportunidad política en principio no se podrá publicar su reportaje. Entonces, qué sentido ha tenido todo, ahora sí que nada ha merecido la pena.
Pero claro. La vida es eso que pasa mientras tú haces planes y vas tomando decisiones... Aunque se ha comprometido a no volver a trabajar en lugares en conflicto, enseguida le ofrecen hacer el reportaje de un campo de refugiados en Kenia, un trabajo en principio sin riesgos que ella inicialmente rechaza, pero que finalmente acepta con el asentimiento de Marcus, y ante la insistencia de su hija adolescente, empeñada en acompañar a su madre y así documentar una tarea sobre África que tiene que hacer para el Instituto.
Ya en el campo de refugiados keniata, cerca de la frontera somalí, y cuando están madre e hija tomando las primeras imágenes, llega un grupo de hombres, pertenecientes a alguno de los clanes vinculados a los señores de la guerra de la región, para asaltar el campo. El responsable de Naciones Unidas para la seguridad de la periodista y su hija quiere sacarlas de allí pero Rebecca se empeña en quedarse para fotografiar y poder denunciar lo que sucede, y deja a su hija con el responsable de la ONU para que sea evacuada. Nuevamente pone en serio peligro su vida y, en esta ocasión, también la de su hija. A su regreso a Irlanda ocultan en principio lo sucedido a Marcus, que sin embargo se entera al ver, casi por casualidad, una de las grabaciones de vídeo de su hija en su ordenador personal. Una grabación llena de gritos, disparos, carreras, y las negativas de Becca a abandonar el lugar, que pone bien a las claras lo que allí ha sucedido.
En este momento, lleno de ira, echa a su mujer de su casa al tiempo que tira su cazadora de trabajo y un bolso con sus cámaras fotográficas a la calle. Nuevamente el conflicto familiar ha estallado..., pero esta vez ya no tiene solución. La familia se rompe.
En el viaje a Kenia, Rebecca le había contado a su hija qué suponía la fotografía para ella, cómo era una vía de escape para su rabia, su ira contra el mundo por la suerte que en él corrían los más débiles. Ella estaba allí precisamente para denunciar todo eso, ese era su lugar. Por eso optó por esa profesión, y por eso también se mantenía aún en ella. Por todo ello, Rebecca ahora sólo puede  aceptar esta nueva situación, y procurar la comprensión de los suyos, nada más, y muy especialmente la de su hija, cosa que parece que finalmente consigue.
Pero a la película le queda un último giro. Rebecca asume su destino y retoma su trabajo. La editora norteamericana le dice que las circunstancias han cambiado, que se publicará su trabajo de Kabul, pero que debe completarlo con otro reportaje. Regresa a Kabul y cuando llega al mismo lugar donde grabó las escenas de la primera yihadista suicida, cuando se dispone a cubrir una situación que ella creía parecida, descubre que esta vez a la que están vistiendo tras fijar a su cuerpo los cinturones con explosivos no es más que una niña que apenas ha llegado a la pubertad. Esta circunstancia la paraliza, la remueve por dentro, casi le hace vomitar, y no le permite en esta ocasión hacer ni una fotografía. Vuelve a plantearse si no debe intentar pararlo todo, o si debe hacer su trabajo y fotografiar lo que tiene delante, sea esto lo que sea, si la cámara no será una vez más también una causa más del desarrollo de los acontecimientos...
Todos los interrogantes siguen abiertos.
Película muy recomendable. Carmen y yo la vimos en versión original con subtítulos, y estábamos sólo nosotros dos en la sala.
El trailer.
http://youtu.be/ulxbMRieVzo