domingo, 28 de septiembre de 2014

El Gilipollas maledicente

A D. Carlo María Cipolla, por su Allegro ma non troppo (1988), con su permiso.

Alguien gilipollas es, según la RAE, tonto y lelo. Por su parte, alguien maledicente es aquel "que practica la meledicencia, esto es,  que acostumbra a hablar mal de los demás". Los dos términos, así planteados, adjetivarían, en un momento u otro a cualquier sujeto. Sin embargo, se imaginan un gilipollas maledicente..., alguien en cuyo ser se sustantiven eso dos adjetivos. Una bomba ¿verdad?
Ustedes pensarán que eso no es posible, que todo el mundo es gilipollas y/o maledicente en ocasiones... Sin embargo creo estar en condiciones de afirmar, tan seguro como que me tengo que morir, que existen esas criaturas cuya gilipollez y meledicencia definen su ser. El individuo ontológicamente gilipollas y meledicente. Y digo más. Siempre son más de lo que cualquiera pudiera imaginar, y además, y lo que es más grave, casi sin excepción, todo el mundo soporta a un gilipollas maledicente en su vida.
Me propongo describir a este tipo de persona, para, por un lado, resarcirme un poco de las ofensas propinadas últimamente por el que a mí me ha tocado en suerte, y por otro ayudar a los que esto lean, desde la más sincera modestia, a identificar al suyo (o los suyos, Dios no lo quiera), y así poder conllevar su existencia. Algunas señales que permiten reconocer a estos seres son las siguientes.

  • El gilipollas maledicente (GM en adelante) llama permanentemente la atención con lo que hace, y por supuesto con lo que dice. Es una persona que no pasa desapercibida. Es bueno tener esto presente para que una vez que le veamos desenvolviéndose a nuestro alrededor, no tengamos el más mínimo empacho en estar atentos, sin precipitaciones pero sin bajar la guardia. Puede que luego no sea el nuestro, y resulte que no es nuestra la bolsa escrotal llamada a ser tocada por el susodicho. Pero eso en principio no se sabe. Habremos de estar alertas.

  • El gilipollas sustantivo es capaz de argumentar casi en la misma conversación una cosa y su contraria. Asumiendo ambas como consustanciales y definitivas para sí mismo, sin reparar en que se trata de una sucesión de imposturas sobre temas sin importancia propias de gilipollas. En este aspecto, el gilipollas es maledicente si esos cambios de opinión además de beneficiarle a él perjudican a otro (y que si es tu GM te perjudican a ti y a todos aquellos que lo comparten contigo). Ejemplo: un GM que no tiene un smartphone considera que el uso del mismo es el más grande mal de nuestro tiempo (máxime si en la conversación hay alguien que tenga un magnífico smartphone); sin embargo, una vez adquiere el modelo más grande y con más prestaciones del mercado, para el GM el artilugio se convierte en el descubrimiento del siglo y lo usa compulsivamente con todas sus aplicaciones: fotografía sin medida, chatea, navega por internet, conecta el manos libres, muestra el navegador...

  • El gilipollas sustantivo puede hablar de sí mismo cosas que nada tienen que ver con la vida que realmente lleva. Asume roles que nadie le ha otorgado y los ejerce. Causa con ello permanente perplejidad y vergüenza ajena. Es maledicente cuando además de la perplejidad y la vergüenza te ofende lo que dice o hace, o detectas que está ofendiendo a alguien que está en el grupo en el que el GM está hablando.Ejemplo: el GM tiene un trabajo ordinario, que incluso nada tiene que ver con lo que siempre dijo que le gustaría ser cuando aún se permitía soñar de manera sincera. Y sin embargo, no deja de echar pestes sobre los trabajos ajenos, incluso aunque éstos sí tengan que ver con aquello que soñó ser cuando aún soñaba sinceramente.

  • El gilipollas sustantivo convierte en épica cualquier afición, sacrificio, hábito, imagen, postura... que asuma como propia. Es maledicente además cuando sistemáticamente lo compara con lo que hace el otro sin soltarle la bolsa escrotal: si corre, es que el deporte es su vida, y si tú corres seis kms cuatro días a la semana él corre doce a diario..., si dejó el tabaco, este sacrifico es "el sacrificio" en la vida de cualquiera, y más en la suya, pues describirá circunstancias que lo ponen de manifiesto (con el asentimiento de sus cercanos, que generalmente, sosopecho que también saben de su gilipollez pero le siguen el rollo, o están condenados a padecerla por compartir con este individuo vínculos familiares de primer grado)...

  • El gilipollas maledicente está sistemáticamente preparando el terreno para cometer sus fechorías. En este caso el calificativo que predomina es la maledicencia. Ejemplo: mi GM es además el perfecto gorrón. Pontifica contra otros sobre el tema como si eso cambiara en algo su posición. Le da cierto resultado. Entonces ¿dónde está la gilipollez?, está en pensar que nadie se da cuenta. Todo el mundo lo sabe.
Tratemos de elevar las señales a categorías...

  1. El gilipollas sustantivo tiene opinión pero carece de todo criterio. De ahí que sea capaz de argumentar una cosa y su contraria a la velocidad de la luz. Si es además maledicente mostrará más pronto que tarde toda su mala leche.
  2. La gilipollez sustantiva es un estar impostado que se constituye en el ser que es el gilipollas sustantivo. Éste es la suma de un número infinito de imposturas, pero eso no lo constituye en un ser consustancialmente hipócrita como cabría pensar, sino en un gilipollas puesto que no es consciente que lo es. Nunca minusvalores a un gilipollas sustantivo pues suelen ser además maledicentes: en esta dimensión es tan peligroso como el "estúpido" que describe Cipolla en su Allegro ma no troppo: en situaciones extremas, es capaz de hacer daño sin obtener beneficio alguno, y en esta tesitura no se le ve venir. 
  3. El GM lo es siempre y en todo momento. No lo deja de ser nunca. Me atrevería a decir que todo el mundo cuenta con un GM, que lo es desde que tiene recuerdo de él, y que por mucho que se empeñe en tratarlo como si hubiera dejado de serlo, descubre cada vez que eso nunca se produce, que el individuo se empeña en su condición una vez y otra, y otra, y otra...
 Todos tenemos, salvo muy honrosas excepciones, un Gilipollas Maledicente agarrado a bolsa escrotal propia. Lo tenemos desde la mala hora en que lo conocimos, y no conseguiremos nunca deshacernos de él. Sólo cabe conllevarlo, llevar al mínimo el roce, y no caer en la trampa de la posible mejora, ésta no se produce nunca. Un individuo malo que se empeñe puede dejar de serlo optando por diversos caminos (el amor, una creencia religiosa, la compasión...) pero un GM no dejará de serlo nunca dada su condición de Gilipollas... Lo dicho, sólo cabe conllevarlo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Las tres bodas de Manolita, de Almundena Grandes

En los buenos tiempos, las jovencitas se casan por amor. 
En los malos, muchas lo hacen por interés. 
Yo me casé con un preso en los peores, por dos multicopistas que nadie sabía poner en marcha.
 (Pag. 29)
Hace unas semanas terminé de leer esta estupenda novela, Las tres bodas de Manolita, de Almudena Grandes, publicada por TusQuets. Es la tercera entrega de la serie Episodios de una guerra interminable, y la primera que yo he leído. Las otras dos son Inés y la alegría, y El lector de Julio Verne. Aún habrán de salir otras tres novelas más para esta serie de título tan galdosiano.
El pasado 31 de julio, en el Jardín de la librería La Luna Nueva de Jerez, tuve ocasión de asistir a la presentación de esta obra por su autora (momento recogido en la foto publicada por el Diario de Jerez), Almudena Grandes, con las intervenciones de Natividad Montaño y María Regla Prieto, la primera propietaria de la librería que patrocinaba el acto, y la segunda doctora en filología clásica por la Universidad de Sevilla.
En su intervención, la autora dio algunas claves para entender el argumento de la novela. Claves que por otra parte  se recogen en la propia novela, en su último capítulo, titulado La historia de Manolita. Nota de la autora. Ésta explicó que, tal y como sucede con todas las novelas de la serie, el argumento de Las tres bodas... se arma sobre algunos episodios históricos, que sirven de soporte a la trama de la misma. Ella se refirió concretamente a tres.
El primero es la llegada a España a finales de 1939 o principios de 1940 de tres multicopistas a bordo de un barco procedente de Sudamérica, que habrían de servir al PCE para la propaganda en su empeño de construir una resistencia interior al Régimen. Las máquinas venían desmontadas y las piezas repartidas entre los equipajes de los marineros, muchos de ellos antifascistas comprometidos en la lucha antifranquista. Las multicopistas entraron en España por el puerto de Bilbao, y dos de ellas viajaron a  Madrid. No hubo manera de ponerlas en marcha. Fueron descubiertas por la policía en 1942 sin que jamás llegaran a imprimir ni una sola octavilla. Es por esta causa que nuestra Manolita conoce a Silverio en la cárcel de Porlier, a la que acude fingiendo ser su novia por encargo de su hermano y líder de las JSU, Antonio el Guapo,  pues habría de ser él, famoso por su habilidad para arreglarlo todo, el que lograra poner las multicopistas en funcionamiento. Con Silverio es con quien se casará tres veces.
El segundo es el de las bodas de la cárcel de Porlier, que patrocinaba un cura a cambio de un pago en metálico, tabaco y pasteles. No era realmente una boda lo que el cura de la cárcel propiciaba, aunque así la llamaran, sino un  un vis a vis durante el que las parejas mantenían relaciones en  un cuartucho infame.
Y el tercero de los episodios a los que se refirió fue al caso de los niños esclavos del franquismo, que conoció gracias al testimonio de Isabel Perales (en la foto con Almudena Grandes y Alexis Mesón, hijo de Eugenio Mesón, preso en Porlier y fusilado siendo Secretario General de las JSU), que padeció esa situación en su infancia, y a la que Almundena Grandes conoció en una celebración por la recuperación de la memoria histórica en el pueblo de Rivas, cercano a Madrid. Según lo narrado por Isabel, el decreto de 3 de noviembre de 1940, permitió que esta mujer y su hermana ingresaran en el colegio bilbaíno de Zabalbivía, de la orden religiosa de los Ángeles Custodio, mientras su madre cumplía condena en Ventas (la Porlier de las mujeres). En este internado sufrió graves lesiones en las manos por lavar con sosa. Lavaban ropa blanca de hoteles y mantelerías de restaurantes a cambio de prácticamente nada. En esta situación coloca Almudena Grandes a las dos hermanas de Manolita, Isabel y Pilar, y es Isabel, la mayor, la que sufre en la novela, también en un internado de Bilbao, lo que sufrió Isabel Perales en la realidad hace ya más de  medio siglo. La familia de Manolita en la ficción se apellida Perales, en homenaje a Isabel. Lo que el decreto de noviembre del 40 posibilitó realmente es que los hijos de los represaliados políticos, de los encarcelados por el franquismo, redimieran la misma pena que sus progenitores, trabajando de manera práctiamente gratuita para las instituciones que colaboraban con el régimen, en este caso una orden religiosa.
Hay otras muchas referencias históricas que la escritora no citó en su presentación: la de Roberto Conesa Escudero, el Orejas, un hombre que proviene de las filas del las JSU y tras la caída de Madrid se pone al servicio de la Dirección General de Seguridad procurando la detención a sus antiguos camaradas; la vida en Cuelgamuros, donde las mujeres de los obreros, presos políticos, convivían con sus parejas en chabolas, en una de las cuales habita Manolita con Silverio...
Considero que se trata de una muy buena novela, magníficamente escrita, que refleja estupendamente los tiempos que narra, el Madrid de los años 40. Se trata de un esfuerzo literario imprescindible, toda la serie lo es, así como la que considero la novela matricial de todas estas otras, El corazón helado, que sin embargo ha quedado fuera de estos episodios, que por otra parte tanto le deben.
Esta serie novelada creo que pasará a la historia de la literatura española al mismo nivel de otras, en concreto de dos, a mi juicio muy relevantes, los Episodios Nacionales de Pérez Galdós, y El laberinto mágico de Max Aub. El tiempo lo dirá.

Y en todas las casas, mujeres medio muertas, tan pálidas como si ya hubieran empezado a morirse, tan flacas como si el dolor las estuviera consumiendo, tan perdidas en su propia habitación como si ya no supieran quienes eran, dónde vivían, cuál era su nombre, su sitio en aquella ciudad negra de lutos, sorda por el interminable estrépito de los pelotones, ciega de tanto cerrar los ojos a los fusilamientos de cada madrugada, hedionda de cadáveres a medio pudrir, y más mujeres, más madres, más niños mirándolo todo, y los caramelos que tenían en las manos, con unos ojos enormes de miedo y de sorpresa que presentían ya el resto de sus vidas.
(369)

Episodios de una Guerra Interminable.
Las tres bodas de Manolita
El cura de Porlier, el Patronato de Redención de Penas y 
el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo.
Almudena Grandes
TusQuets editores
Barcelona 2014