Las cosas están muy mal, la prima de riesgo ha rebasado los 140, no encontramos quién nos preste , no se puede gastar lo que no tenemos, austeridad, austeridad, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, si no recortamos de sanidad y educación que se come un porcentaje altísimo de la partida presupuestaria de gastos de dónde vamos a recortar, sí, si sabemos que causa daños pero qué le vamos a hacer, es el momento de los esfuerzos, de hacer sacrificios, de trabajar más, arrimar el hombro y no de echarse a la calle... De los sindicatos ni te cuento, apesebrados, forman parte de los gobiernos, están a lo suyo, a mantenerse como liberados y defender sus asignaciones, sedes... Y los políticos, qué me dices, corruptos, a trincar lo que puedan, en el menor tiempo posible y en la mayor cantidad... con unos despachos de
Ese es el relato dominante en el imaginario colectivo. La izquierda no sólo no ha sabido construir uno alternativo, sino que en cierta medida ha contribuido a la extensión del antes descrito con un excesivo afán contemporizador, aliñado con cierta candidez, y con unos reflejos completamente abotargados por los laureles, y si no por qué aquel empeño en negar la crisis. El discurso liberal en lo económico y conservador en lo político tiende a ocupar todo el espacio. El desarme ideológico causa estupor, cuando no pavor. Es cierto que las cosas no pintan bien, pero no lo es menos que la respuesta para solucionarlo puede ser otra, más social, más solidaria... más política y menos "técnica", como gusta llamar a la derecha a las soluciones que ellos plantean, y así hacerlas inevitables cuando créanme si les digo que son también políticas, responden a un modelo, el liberal.
Esa demonización del sindicalismo, esa demonización de la política está dentro del argumentario. Se eliminan de raíz, sin nada que ocupe el vacío dejado, los únicos medios de protección y progreso que tienen los que no tienen casi nada: los derechos socioeconómicos y laborales que tanto y tanto han costado definir y asumir por la sociedad: una educación gratuita y obligatoria que garantiza la igualdad de oportunidades, una sanidad también pública que nos hace iguales, un sistema impositivo progresivo que redistribuye la riqueza y contribuye a la ampliación de las denominadas clases medias...
Y por último, en relación con la educación, ese discurso negativo, machacón y permanente que ha venido demoliendo la enseñanza pública, ha convertido a ésta en una institución que muy pocos defienden de cara, con valentía... No olvidemos de dónde venimos, no olvidemos cómo el sistema educativo ha cambiado nuestro país. Los que como yo entramos en la adolescencia en los años setenta del siglo pasado, y llegamos a la universidad en los ochenta, siendo así la primera generación de diplomados y licenciados de nuestras familias, en muchas de ellas con abuelos (más abuelas) aún analfabetos... sabemos de qué hablamos cuando hablamos de cambio.
Ojalá me equivoque y este derribo no se consume. Porque la sanidad, y también la educación, son un derecho, no un servicio.