jueves, 21 de mayo de 2015

Crematorio




"La injusticia del tiempo, Matías, no sé si, por fin, te has dado cuenta de que el tiempo siempre pone las cosas en el sitio que no les corresponde" (413).

        

                Rafael Chirbes (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949) publicó la novela Crematorio  en 2007, en la editorial Anagrama, obra que le valió el Premio Nacional de la Crítica de ese año.

                Empezaremos con dos citas del autor entresacadas de la entrevista que concedió al periodista de El País Borja Hermoso, publicada el 7 de marzo de 2011 (enlace) con motivo de la llegada a las librerías de esta densa novela:



                "Crematorio, (...), huye de la trama, huye de lo policíaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico, diríamos, loyolesco, de que el lector se enfrente a toda una serie de cosas que intuye que están dentro de él y no quiere ver".

               

"Crematorio no quiere ser una denuncia de la corrupción urbanística, eso de la corrupción es solo uno de los temas que circulan por detrás(...). La novela trata también de si los ideales se han cumplido o no, y de la deriva de los individuos".



                Crematorio es literatura en estado puro. Una historia que se sostiene en y gracias al lenguaje. Se construye con el relato de un narrador omnisciente, cuya voz se enreda con la de los personajes, que no dejan un instante de contar y contarse hasta la extenuación.

                "Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal o sobre un mármol" (pp 9 y 413)

                Con esta frase empieza y termina la novela. Es como Rubén Bertomeu piensa en Matías, su hermano muerto. La historia se construye en el poco tiempo que va de la muerte de Matías en el hospital, hasta su incineración en el tanatorio.

                El personaje central es Rubén, arquitecto y constructor, y hermano mayor de Matías. A ojos de todos un especulador del ladrillo que gracias al tráfico de drogas y la construcción, y al mundo de corrupción que rodea a ambas se ha hecho de oro; él sin embargo tiene una alta opinión de sí mismo, y se considera no sólo útil, sino imprescindible en el mundo que vivimos, poco menos que lo sustenta, y así lo pone de manifiesto cuando emite juicios sobre todos aquellos que le rodean. Está convencido además de que es el único que ha sabido jugar sus cartas, y ha hecho lo que debía, y de la única manera posible, obteniendo un enorme beneficio. Muerta su primera mujer, la madre de su única hija, Silvia, a sus setenta años, está casado con una mujer muchísimo más joven que él, Mónica, y que se encuentra embarazada. Silvia la detesta.



"Rubén Bertomeu: Jugamos sucio un tiempo, Collado (...), hicimos lo que tocaba hacer, a eso que los clásicos de la economía lo llamaban la acumulación primitiva de capital, este país necesitaba formar una clase, y no tenía con qué; ahora la clase cierra las fronteras, está el cupo cubierto, toca procurar que no haya toda esa movilidad social, ese meneo, esa permeabilidad entre clases. La permeabilidad absoluta es el desconcierto, y una sociedad desconcertada está condenada a la ruina. A ser devorada por alguien. Se acabó la época de lo sucio, ahora es la hora de lo limpio, lo saludable, que dicen por la tele. Lo healthy, lo clean, lo correcto, nada por aquí, nada por allá. Estamos en la vieja Europa, y la vieja Europa es limpia por principio".(57)



                El lugar en el que se desarrolla la novela es Misent, ciudad imaginaria de la costa levantina completamente transformada por el desarrollo urbanístico, uno de cuyos principales artífices es Rubén. Él asume de manera explícita, en conversación con su hija, cuando ésta le reprocha el desastre urbanístico perpetrado en la ciudad y la corrupción que ha ido aparejada a este, que urbanismo, especulación y corrupción son inseparables.

                En torno a Rubén se mueven todos los demás. El hermano muerto, Matías, un idealista en los ochenta, alcohólico y drogadicto y enfermo,  cuya vida de sueños es a la postre un fracaso, y cuyas mujeres, Ángela, su esposa (con la que tuvo un hijo, Ernesto) y Lucía, con la que nunca se casó, asisten a sus últimos momentos; Silvia, restauradora, fruto del primer matrimonio de Rubén,  con Amparo, y que a su vez está casada con Juan, catedrático de literatura y especialista en el escritor Federico Brouard, amigo de Rubén y Matías...

                Todos ellos viven como satélites alrededor de Rubén, al que reprochan su riqueza, que es fruto de la especulación urbanística, especulación que provocado la ruina del medio ambiente y de las formas culturales y de vida tradicionales de su ciudad. Sin embargo, todos ellos arrastran un pasado que

"es un alien que llevamos todos dentro, que engorda, que está ahí siempre a punto de reventarnos el pecho y escapar" (93),

y casi al final afirma:

"Aunque es verdad que, para llegar al convencimiento de algo tan elemental, resultó imprescindible acallar primero el ruido de dentro, el aleteo de los sueños de juventud. Pero eso es lo normal, el proceso normal de maduración. Darle una patada en el culo a Peter Pan. La juventud - lo cuentan las novelas de Dostoievski - encuentra sentido en lo trágico, en lo violento, en un destructivo globo que estalla y cubre de basura cuanto hay bajo él, porque eso, un montón de basura, es en lo que se convierte el cadáver despedazado de lo más hermoso" (377).



                Por otro lado están los personajes que han salido del lado oscuro de la vida de Rubén, un lado oscuro por otra parte enorme: Collado, su socio, quien con la ayuda del ruso Sarcós hace los trabajos sucios (palizas, sobornos, tráfico de drogas...) y que sufre un "accidente" cuando su coche se incendia y él termina gravemente herido; el resto de los rusos, con negocios en la prostitución, el círculo que integran Traian, Nikolai, Yuri e Irina... De esta última, que es pareja de Traian se enamora Collado, que planea escapar con ella...

                La obra cuenta con 413 páginas organizadas en 13 capítulos que Chirbes ni titula ni numera, constituyéndose cada uno en una narración continua, sin puntos y aparte, en los que se mezcla la primera persona y la tercera, el estilo directo e indirecto, y los largos monólogos salpicados por diálogos siempre encastrados en la narración, siempre evocados como recuerdo. Comienza y termina con las rememoraciones de Rubén, en el capítulo primero en un diálogo sin interlocutor con el difunto Matías, y en el último, el interlocutor es su hija Silvia (que admira a Matías) y que, aunque viva en la ficción, tampoco está presente. Se trata de una novela difícil en la forma, y realista y amarga en el fondo, que no da tregua al lector.

                Como bien apunta el propio Chirves en las citas iniciales, la novela carece de trama lineal, y el desastre del ladrillo no es más que el decorado, enormemente determinante en la historia pero cuya descripción no es el tema central de la misma. Posiblemente es más determinante la construcción de los personajes, sus historias personales, lo que fueron, lo que querían ser y lo que finalmente llegaron a ser.

                Por último decir que la novela está llena de disgresiones sobre temas muy diversos: las cenizas y la mierda como los elementos germinales por excelencia, y muy especialmente en los negocios inmobiliarios; la voluntad de exclusividad de las élites, cueste ésta lo que cueste; la voluntad de posesión del otro, las múltiples referencias al sexo como estar dentro del otro, invadir al otro...

                Magnífica novela





"En Memorias de Adriano - que nos leía a Silvia y a mí mi mujer ante los caravaggios de San Luis de los Franceses - se habla de ese momento excitante en el que los viejos dioses  han muerto y el nuevo dios no acaba de llegar. Momentos fructíferos en los que la humanidad se levanta sólo sobre sus propias fuerzas, pero también terribles porque sufre sin consuelo" (396).


viernes, 9 de enero de 2015

XXVI Media maratón Sevilla - Los Palacios

El pasado 21 de diciembre disputé por segundo año consecutivo la media maratón Sevilla - Villafranca Los Palacios. Este año me la plateé como parte del entrenamiento de la maratón de Sevilla, en la que ya estoy inscrito, y que tendrá lugar el próximo 22 de febrero.
Hice una muy mala carrera. Puede que no tanto por el tiempo, que fue 1:57´, diez minutos más que el registro del año pasado, sino porque este año había entrenado muchísimo más, con la intención de bajar de 1:40´.
La estrategia de carrera era hacer los primeros quince o dieciséis kilómetros a un ritmo de más de 11,5 kms por hora, y a partir de ahí tratar de hacer los últimos cinco o seis a 12 o un poco más de 12, es decir, a 5:00 o menos el km. Me parecía posible pues el año pasado me salió la carrera a 11,66 kms por hora de media (5:09 el km).
Sin embargo, nada salió como pensé. Por dos razones.
En primer lugar porque la noche antes apenas si dormí por una mala digestión. Y para cualquier carrera de fondo si importante es el entreno, no lo es menos el descanso.
Y en segundo lugar, porque aún dada esa circunstancia, no varié en absoluto lo que me había propuesto. A ello contribuyó la sensación que tenía cuando me levanté esa mañana, pues en absoluto me sentía cansado, me encontraba como si hubiera dormido con normalidad.
Empecé la carrera a un ritmo por encima de once, a 11,44 los primeros 14 kilómetros (11:7 los primeros 6), a 5:14 el km, pero al llegar a la altura del kilómetro 13 o 14 me empecé a sentir fatal. Me tomé un gel con cafeína, que no me hizo efecto alguno y tuve que parar de correr y empezar a andar en dos ocasiones. Una pájara tremenda: me dolían las piernas, también los pies y por momentos el costado. No me entraba el agua y tampoco me ayudaban nada los trozos de naranja que daban en los avituallamientos. Creí en ocasiones que tendría que abandonar. Sin embargo no lo hice. Los últimos 4,5 kilómetros los hice a 9,7 kms/h, es decir  a 6:10´el kilómetro.
Nunca había terminado una carreta tan fatigado. Incluso me faltaba el aire al cruzar la meta.
Y sin embargo, alguna cosa me ha enseñado esta edición de la Sevilla - Los Palacios, aparte de que quizás sea excesivo tratar de hacer una media en menos de 1 hora y cuarenta minutos:
La primera es que los ritmos y esfuerzos deben acomodarse a las circunstancias que concurran en cada ocasión. En este caso debí moderar los ritmos de los primeros cinco o seis kilómetros dada la circunstancia de lo poco que había dormido la noche anterior. No forzar hasta perder el fondo, a siete u ocho kilómetros de meta, para cuya conclusión luego se sufre demasiado.
La segunda es una obviedad. Que el fondo es muy duro, y que hay que ir muy atento a las propias sensaciones  físicas, y no dejarse llevar por la cabeza, porque cuando las piernas dejan de responder se deja de disfrutar del esfuerzo y la prueba se hace eterna.
En fin. Ya veremos en el maratón del 22.